Yizette Cifredo/ August 15, 2015/ De Humanos/ 0 comments

¡En este escrito me voy a quejar de la “quejadera”! Sí, la verdad es que me indigna y jeringa el uso excesivo y prostituido que le da mucha gente. No sé si con el propósito de dar pena o de recordarse a sí mismos todo lo negativo para poder sentirse plenamente en la miseria. Disculpen, si sueno fuerte. A veces, es necesario expresar las cosas “rough” (sin faltar el respeto) para ver si nos jamaquea un poco y se nos quitan las ganas de estar mal.

La queja es una herramienta muy poderosa. Mostrar disconformidad, indignación, dolor o pena, presentar una querella (Real Academia Española, 2015), es legítimo, necesario y meritorio. Levantar la voz ante situaciones que merecen la queja como mecanismo para lograr un cambio, una acción, es válido, valiente y pertinente. Sin embargo, como todo, el abuso cae en lo patológico. Si la queja se convierte en un hábito, en una mala costumbre en la que el “quejón” (persona que se queja obsesivamente) se la pasa esbozando todo lo malo y no hace nada para cambiar sus circunstancias, no propone alternativas ni soluciones, sus quejas no son más que palabras muertas.

Como país, me parece importante y urgente, levantar la voz y trabajar por muchas causas; como individuos, me parece que, con relativa facilidad, caemos en la resignación y conformismo ante situaciones que ameritan nuestro coraje y atención. No me quejo de la “queja” que mueve y transforma. Me refiero a la queja enfermiza, a la crítica constante, negativa y pesimista, que muchas personas usan sin ton ni son. Esas personas que parecen caminar bajo una nube negra, y no es que uno vea la nube, es por todo lo “malo” que cuentan. ¡Y ahora con la libertad que dan las redes sociales, ni se diga! Lo increíble es como las mismas personas no se reconocen. Es como si necesitarán ser sus propios héroes; en sus historias se hunden y rescatan ellas mismas. Entonces, tienen todas las soluciones para resolver los problemas ajenos, y todas las excusas para no resolver los propios.

Estoy clara que todos tenemos situaciones que manejar, retos que enfrentar y “problemas” que resolver. ¡Todos! No conozco a nadie libre de enredos. Creo, promuevo y apoyo la queja y el desahogo consciente y responsable, como una forma de canalizar, ventilar y auscultar posibilidades. Hay que tener mucho cuidado con la conducta dañina de hablar por hablar y, peor aún, de hablar para desprestigiar, invalidar o lastimar, porque -aunque suene clichoso– lo cierto y lo triste es que quien más se perjudica es quien se queja por quejarse y despotrica sin fundamento. Pierden credibilidad, sus palabras no se toman en serio y, sin darse cuenta, cargan y alejan a quienes les rodean. Nos toca a todos auto-evaluarnos e identificar si nuestras “quejas” provocan reacciones productivas, o si son sólo ruido: “un sonido inarticulado y confuso; perturbación o señal anómala que impide que la información -verdaderamente importante- llegue con claridad” (Real Academia Española, 2015).

Yz Cifredo [15.agosto.2015]

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